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Ellos también lloran

Ellos también lloran

Somos seres de costumbres. Trabajamos rutinas en la que acomodamos nuestro tiempo para hacer de los días espacios organizados y productivos; al menos con esa idea se parte. A la inmensa mayoría nos achanta salir de esa parcela creada de seguridad. El cambio nos escuece. Perder la tranquilidad de manejar todas las variables que nos rodean no es plato de buen gusto para muchos. Al transitar siempre en espacios conocidos tendemos a cerrarnos, a recorrer el camino con un menor campo de visión, descuidando otros senderos que saltan a nuestro paso.

Empuñando este pensamiento, apuesto por una tarde de paseo con García Márquez de la mano, dirección “nowhere”. Acaricio al “Gabo” –como aquí se le conoce- creyendo en el deseo de que la suavidad de sus cuentos peregrinos se traslade a mi mente, nublando mi razón a beneficio de mi hoy adormecida creatividad. Me pregunto si un cuentista se hace, o es un mago que nace con el inagotable afán de acallar una imaginación que no descansa. La tarde sabe a domingo, no porque lo digan los diarios y el calendario marque que mañana es lunes, es la nostalgia de un cielo azafranado que pelea por ocultar la víspera de las responsabilidades semanales la que me recuerda su llegada. Los sonidos hoy corren vacíos la 70. Acecho con la mirada lo poco que acontece a lo largo de la calle, nada sorprende a mi andar pausado y contemplativo. ¿Estaré adquiriendo la costumbre senil de sentirme local, despidiéndome del sabor y el olor de mi experimentar foráneo en esta urbe? Las aceras carecen de vida, poca alegría esbozan los maestros de empanadas y asados; ni rastro de aguardientes compartidos y vallenatos bien pegados, la música está presente, pero ni voces ni cuerpos la alquilan, solo el aire a través del viento parece dispuesto a dejarse seducir. Según mi reloj deportivo el día aún me regala luz para la lectura. Esquivando un grupo de individuos que en fila cívica y de uno esperan la llegada del siguiente bus, busco asiento en la plaza del Estadio. Amoldo la espalda al respaldo ondulado de piedra de uno de los bancos y la voz de García Márquez comienza a tararearme imágenes. Cómo se tatarean imágenes, te preguntarás. Dejándote llevar por la prosa del “Gabo”; introduciéndote en el realismo de su obra, transformando los transeúntes en habitantes de otros pueblos a través de las descripciones de sus mundos, proyectando sus escenarios a la aridez sentimental que desprende esta plaza.

Bajo los últimos resquicios de sol de una tarde de domingo, entre la pausa y reflexión de su genuino cuento “Me alquilo para soñar”, se escucha un llanto. A mi espalda, tumbado en el suelo bajo otro banco un desconocido se estremece en lágrimas. No es un personaje de García Márquez, es la franqueza de un alma invisible sollozando. Uno de los tantos “sin techos” que deambulan agarrándose a otra suerte distinta a la mía, siendo su presencia imperceptible al frenesí ególatra que me conduce a creer que nada es suficiente. Quizás esperaba más de este domingo. Exhalo y me siento respirar ¿Qué puedo hacer por ti viejo amigo? ¿Es hambre, dolor, pena, o un sentir al que no le cabe palabra de consuelo? Podría ser un héroe y despejar tus nubes negras, pero decido mirarte, escucharte y acogerme a una humanidad dulcemente apurada, imaginando saber lo que sientes; porque sois gente de este mundo, porque eres hombre, y como hombre te quiero. Al igual que yo tapas con prendas más o menos limpias tu corazón magullado, pero siguen siendo prendas que no curan tu dolor. Gracias que aprendiste a llorar para recibir consuelo. Tranquilo, te entiendo. Me aflojo y lloro en tu desahogo, convirtiendo tu llanto en un sentir que aquí comparto.

 

Sollozos bajo un banco de piedra

 

Confunden el vagabundeo experto de tu piel,

con la débil armadura de unos ojos viriles,

esos que vacías

en vísperas de otoños que nunca alcanzas,

no por la llegada del frío,

más bien por no convertirlos en eternas primaveras,

alimentando el florecimiento de tus recuerdos.

 

Miedo al sentir no tienes,

si por sentir deriva el encuentro con tus miedos.

Resulta que eres hombre.

Y no sólo hombre,

sino que como buen poeta también lloras.

Lloras por reconstruir viejas lunas llenas.

Lunas oprimidas por brazos absolutistas

marcando tu futuro como pieza de engranaje.

Engranaje al que te rebelaste,

y que ahora solloza la realidad de tu presente.

Presente que empuñas en madrugas mojadas

a la espera de otro sol.

Por sol comienza el espíritu que te azota.

Aunque no estás solo,

ni es soledad la mujer que te ampara.

El amparo converge en los rincones de plástico

donde deambula la fina capa del autoengaño.

Y es que uno siempre se engaña con respecto así mismo.

Allí mismo deshice la neblina de mis pesadillas,

Pesares oníricos de cuna

oprimidos en disfraces de occidente

que visten los ejecutivos en la ignorancia de tus ojos.

Esos que de nuevo vacías,

y que consumimos en la plaza donde nos cruzamos.

Tú en tu llanto,

Yo en mi superflua alegría.

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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