Select Page

El ginecólogo romancista de la calle Armas

El ginecólogo romancista de la calle Armas

Sujetando una cerilla de escalera prendió el sebo de la única vela que quedaba en la lamparilla del techo del zaguán. Aún no había caído la noche, pero a su vuelta el par de farolas de la calle Conde de Barajas desprenderían una iluminación tan pobre que dificultaría dar con la cerradura. En el pausado despertar urbanístico la ciudad romántica, sueño de residencia de tantos poetas, se había transformado en una urbe oscura y poca transitada al caer la noche. El proyecto de recambio del alumbrado público propuesto por la nueva alcaldía estaba en marcha, pero salvo las calles más céntricas que ya contaban con los primeros faroles de reverbero, el resto de Sevilla peleaba sus sombras con la luz del aceite. El hedor resultante de la combustión de la manteca de cerdo era insoportable, tirando a lo nauseabundo, tendría que dejar en penumbra la mayoría de zonas comunes de la casa durante aquella noche. El vendedor de velas de cera de San Bernardo no se había dejado ver esa semana por las calles de San Lorenzo, de ahí que tuviera que recurrir a un sistema de iluminación no a la altura de su status. Afortunadamente, habían heredado de la abuela varias bujías de cera, que rulaban por la casa según la necesidad. De cerillas nunca andaban cortos, su marido era propietario de la fábrica de fósforos que ocupaba el antiguo convento de San José; éste le había prometido la nueva sensación en bujías que brillaban en los caseríos más señoriales de Sevilla. Cercanas las seis y media de la tarde cerraba la doble llave del portón de la casa, ocultando una pena enquistada que en la primavera de ese mismo año alcanzaría la mayoría de edad. Erguida bajo el marco de la puerta atisbaba desde el poyete de piedra cuanto acontecía a esa hora de la tarde a los pies de San Lorenzo. Aunque los días de invierno daban sus últimos coletazos, aún se levantaba fresco al atardecer, prudente se abrochó cada uno de los botones de la rebeca de hilo que usaba para el entretiempo. Con la mano derecha en el bolsillo de la rebeca acariciaba el pequeño crucifijo de madera enrollado en un cordón. Manoseaba cada bolita del rosario al cruzar la calle, siempre con la mirada firme en el adoquinado esquivando las deposiciones de caballos que dispuestos en carretas acercaban a esa hora de la tarde a tantos devotos del Señor de Sevilla. Los miércoles la oleada de fieles se disparaba, conocedora aceleraba el paso en el trayecto hasta la parroquia; pasadas las siete un sagrario concurrido se asemejaba más a una verbena que a un lugar de culto. No era la primera vez que se quedaba sin espacio en la primera banca frente a su Cristo del Gran Poder, situación que le superaba. Llevaba años hablándole. Pidiéndole consuelo en cada oración. Con los ojos clavados en el sufrido rostro del Cristo de los milagros recitaba desde el alma Ave Marías y Padre Nuestros, demandando entre oraciones palabras de consuelo. Confiaba en el rezo como moneda de cambio. Quizás a través de una vida plenamente espiritual el Señor de Sevilla le devolvería lo que perdió un martes 13 de 1862. Esa tarde de noviembre la desgracia inundó los pasillos del número 28 de la calle Conde de Barajas cuando la hija que durante tantos años había anhelado, y que no pudo engendrar en su primer matrimonio, cayó golpeada por el saliente de una de las ruedas de un carruaje que apresurado llegada al último servicio religioso del día.  Madre e hija solían acudir al rosario de siete, pero por complicaciones en las tareas domésticas de aquel 13 de noviembre lo postergaron para la noche. A medida que Inés crecía la negativa a los rezos nocturnos se convirtió en una cancioncilla que se repetía con más frecuencia. No le encontraba sentido al hecho de arrodillarse frente a una imagen, permanecer inmóvil y recitar de manera memorizada y robótica un mensaje carente de significado y trascendencia para ella. Inés, un espíritu activo y soñador, veía restringía su capacidad literaria en aquel encierro, la solemnidad del culto le agotaba, y además, perdía tiempo de creación. Desde los seis años su habitación se había convertido en un laboratorio literario donde rehuía de unos patrones educativos que coartaban los horizontes pintorescos que dibujaban sus letras. Tristemente aquella tarde noche esa sensibilidad perdió parte de su esencia, cuando zarandeada hasta el vestíbulo se vio obligada a acudir, sin ella saberlo, a su último rosario. El dolor proveniente del golpe contra la rueda se convirtió en la última emoción que su mente fue capaz de procesar y articular en sonidos coherentes. No llegó a perder la función del habla, comprendía todo tipo de mensaje, y conservaba la capacidad de escuchar en su mente con claridad las palabras que figuraban como respuesta. La dificultad acontecía cuando debía hablar desde la emoción, era bajo esas circunstancias donde Inés era incapaz de lanzar un mensaje comprensible. Escupía palabras desordenadas, desprovistas de significado. El daño cerebral después de la caída desembocó en una disfasia emocional. Desde aquel día la comunicación oral para Inés pasó a ser un proceso robotizado, una mera herramienta de supervivencia a la que agarrarse. La frustración comunicativa de los primeros meses la condujo a un distanciamiento familiar notable, a pesar de mantener ligeramente la capacidad de entablar breves diálogos triviales se encerró en sus escritos; solo en sus fantasías poetizadas olvidada haberse convertido en un ser atrofiado emocionalmente. En el papel se encontraba. Desmenuzaba sus emociones a través de la tinta, aliviando el peso de estar dentro de un mundo incomprensivo, inhóspito para su nueva circunstancia.  La vida dentro de su cuaderno si se asemejaba a la mujer que siempre quiso ser. Un espíritu libre, hambriento y rebosante de sensibilidad. En sus textos aparte de silenciar su pena y revelar los resquicios de su alma, también hablaba de lo carnal, describiendo un cuerpo con el que no se identificaba. Un cuerpo que no sentía. Evitaba los espejos, se negaba a descubrir su desnudez, despreciando una imagen que no evolucionaba acorde a su concepto de feminidad. A punto de cumplir los dieciocho llevaba soportando meses una punzada abdominal que le estrujaba el vientre, deslizándose progresivamente hasta el área vaginal. Rabiaba ante la tortura física que su cuerpo le sometía, gimiendo de lado a lado encima de la cama representaba este dolor en palabras. Inés sabía de la necesidad de acudir a un médico, pero su incapacidad de expresar oralmente cualquier emoción la paralizaba.

Bien conocido por su familia era el Doctor Jacinto Velázquez, destacado ginecólogo de la Universidad de Ciencias Médicas de Madrid, quien sabedor de la escasez de especialistas de su rama en la Sevilla de segunda mitad del XIX, trasladó su consulta al sur, a la calle de Armas, tres casas más arriba del recién abierto Museo de Pinturas. Enamorado del acento sevillano, sonreía cuando sus pacientes en su gracia seseante eran incapaces de pronunciar la “z” de su apellido, llamándolo Dr. Velásquez. La cercanía de su consulta al folklore sevillano no era cuestión de azar, amaba el arte tanto como la medicina, siendo el museo una guarida donde olvidaba la ciencia a favor de la maestría artística de unos cuadros procedentes de conventos y monasterios desamortizados por el gobierno en funciones. El arte y la ciencia como modo de vida, ¿pero con quién compartirla? Encadenado al miedo a la vida en pareja, guardaba en cartera una numerosa lista de inmejorables pretendientes; las ilusionaba, y cuando éstas quedaban presas a sus encantos con una pasmosa frialdad las rechazaba pronunciando: “Juntos no podemos ser felices”. Éste continúo rehuir al compromiso, producto de las sombras de una relación pasada, condujo su soltería cincuentona a la peregrinación viciosa por los burdeles de la otra Sevilla, negocios que osaban nombrarse casa de huéspedes. Ante una coyuntura económica desfavorable varios hospedajes cercanos a la Alameda de Hércules optaron por adaptarse a la complicada situación ampliando su gama de prestaciones. Un servicio, que para un experto en anatomía púbica femenina, parecía alegrar sus momentos de desamparo. Hay que decir que esta adicción semanal al prostíbulo no nublaba su compromiso social. Entre sus costumbres, el ginecólogo de la Calle Armas trataba de ofrecer un servicio gratuito a las clases más desfavorecidas en la tarde del miércoles. Esta asistencia social al pueblo le brindaba grandes beneficios, si bien no económicos, sí morales. Con esta aparente actitud altruista se ganó el seudónimo del “ginecólogo romancista” en los corrillos de la plaza de la Merced, cuando grupos de señoras en fila de uno, ocupando parte de la fachada del museo de pintura, aguardaban a ser examinadas por la magia de la nueva sensación. Hablaban de la sutileza de sus manos, y del placer que bullía de aquella sala cuando penetraba a sus pacientes con la mirada. La voz de los encantos del Dr. Velázquez pronto se extendió por las barridas de la ciudad, no siendo San Lorenzo una excepción. En casa de Inés, se convirtió en una eminencia tras los milagros curativos que brindó a una madre menopáusica, quien sorprendentemente tras años de profunda sequía sexual parecía haber recuperado el apetito tras su paso por el número 45 de la Calle Armas. Prueba de ello eran los sonidos íntimos y las risas cómplices que se escapaban últimamente por las ranuras de la puerta de la habitación parental en horas de siesta.

Aprovechando esta novedosa y sorprendente circunstancia sexual, agarró su pañuelo de estampados favorito y se cubrió el cabello. Se extendió por el cuello fragancias de azahar, perfume que mantenía para elevar su autoconfianza en encuentros públicos. Afrontando el miedo, y el tremendo dolor vaginal, partió con el rostro caído dejando atrás la palmera de San Lorenzo, y el puesto de pipas y maíz inflado acoplado a la plaza. Una estampa de su infancia, cuando los domingos de misa esperaba el final de la ceremonia bajo la sombra del árbol chupando pipas y escupiendo cáscaras. A paso “presto” dudó en girar en la calle Miguel Cid o tomar San Vicente a la izquierda, encaminándose a su propósito de forma más directa. Se negaba a callejear y encontrarse en la tesitura de toparse con personajes conocidos. Pasada la Iglesia de San Vicente, a doscientos metros de la plaza de la Merced, no pudo resistirse a alzar el rostro y contemplar los majestuosos edificios de dos plantas que conservaban la tradición sevillana de amplios huecos verticales y fachadas con tintes clásicos, combinados entre albero y almagra. Desembocando en la calle Armas, dos casas dirección al río en el acerado de enfrente erguía el número 45 del Dr. Velázquez. La hora de siesta relajaba el trabajo en consulta, y hoy parecía que la suerte sonreía la vida de Inés. Disfrutó la breve espera recorriendo los cuadros de la sala de recepción; boquiabierta estudiaba los impresos de instrumentos médicos suponiendo que eran las herramientas de trabajo del reputado ginecólogo. Pinza Aro, pinza Pozzi, pinza Meseux, una gama de pinzas alargadas con diferentes acabados y nombres extraños. En otro cuadro de menores dimensiones unos artilugios con forma de pico de pato llamaron su atención; el espéculo de Collin la horrorizó, sacudiendo su zona vaginal con el mero pensamiento de tenerlo entre las piernas. Valvas, dilatadores, curetas. Una palabrería técnica fuera de la retórica de su mundo, pero no todo podía arreglarlo con ficción.

Tras un breve diálogo sobre el historial clínico y dolencias actuales de la paciente, el Dr. Velázquez poco sacó en claro. La incapacidad oral de Inés se acrecentaba en situaciones con fuerte carga emocional, limitando su comunicación al gesto. Inundada de temblores señaló su zona púbica, arrugando la cara como muestra de dolor. Él la condujo a la camilla, y sujetando sobre el vientre las dobleces de la falda que su madre le obligaba a vestir, se recostó destapando su intimidad a un desconocido. Boca arriba con los brazos estirados sobre la camilla fijó la mirada en la frondosidad del cabello del Dr. Velázquez, quien agachado y con espéculo en mano exploraba la naturaleza virgen de la chica. Inés se mordía la lengua apaciguando el placer que le brindaba la fricción del aparato. Cada roce se convertía en una sensación inenarrable, un sentir desconocido pero tan placentero, ahora comprendía las raíces de su apodo. El ginecólogo romancista inalterado por la cotidianidad del desplome de sus pacientes, levantó la cabeza girándose a la mesita donde descansaban una amplia gama de los instrumentos que exponía en la sala de espera. Ella tuvo tiempo para entreabrir los ojos y darse el gusto de enamorarse de su perfil. Fue fugaz la ojeada. Él agarró otro utensilio delgado y de color plateado, de unos treinta centímetros de largo, y se dispuso a introducirlo por la cavidad vaginal. Inés, sintiendo la frescura del acero sobre los tejidos apretó las manos contra los bordes de la camilla, y agarrándose al deleite de este placer exhaló un imponente suspiro de liberación que desembocó en gemido. El sonido se expandió por la sala, atravesando los muros de la consulta, transitando las aceras de Armas y San Vicente, callejeando San Lorenzo, hasta golpear vilmente la puerta del número 28 de la calle Conde de Barajas interrumpiendo la pasión paternal. Entre llantos y gemidos fijó sus ojos al techo de la consulta del Dr. Velázquez, mientras éste seguía explorando los rincones de su virginidad. Aguantando la acelerada respiración y secándose unas lágrimas que hacía tiempo esperaban derrotar la penumbra de sus días se sintió viva de nuevo. Bien sabía que sus labios nunca volverían a expresar una emoción, pero su mente, sus letras, y la sensibilidad de su cuerpo sí tenían el poder de convertirla en mujer. Desnuda ante el ginecólogo romancista Inés se atrevió a alcanzar la mayoría de edad.

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ATENCIÓN



¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

Comentarios recientes

febrero 2019
L M X J V S D
« Oct    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728  

SONSÓN

Share This
Suscríbete a Tinta del Sur

Suscríbete a Tinta del Sur

Podrás recibir cada nueva entrada y conocer cada novedad en Tinta del Sur

Revisa tu correo y completa el proceso de inscripción ;)