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La mujer dormida

La mujer dormida

 

Ando juicioso (sinónimo de trabajador para el colombiano) después de mis últimas escapadas. El primer semestre terminó para la mayoría de estudiantes de pregrados y postgrados de mi universidad, situación que estoy aprovechando para disfrutar de un campus con menos trajín y más silencioso. Llevo días aficionado a la tercera planta de la biblioteca. Me he apropiado de una mesa de trabajo cerca de los ventanales con buenas vistas al campus y a una de las tantas laderas de Medellín. Últimamente sí parece este espacio un lugar de estudio y serenidad. He echado en falta respeto por el silencio en este espacio. Hay poca distracción, es sencillo concentrarse esta semana. Aunque ayer, entre los callejones de los estantes un encuentro visual fortuito perturbó mi trabajo. Una señora pasados los cincuenta, se emocionaba a la salida de uno de los pasillos. Abría y cerraba un pequeño diario. Caminaba a la vez que leía, pero no aguantaba más de unos segundos la lectura. Desde la distancia presencié cómo se derrumbaba, y sus lágrimas alimentaron mi creatividad. Hubiese pagado por tener ese librito entre mis manos y conocer el motivo de su llanto. Su nombre y su historia la desconozco, pero sentí tanta emoción que me lancé a escribirle y a llamarle “la mujer dormida”.

El reencuentro aconteció en la calidez que brinda el silencio de los pasillos de una tienda de libros. Pisaba con sigilo aminorando el taconeo ejecutivo que se veía obligada a vestir cada mañana. En su caminar, ávidos lectores le obstaculizaban el paso murmurando entre dientes reseñas de autores que llevaban tiempo queriendo contar su historia. Aún vestía esas gafas pastas negras que adquirió a los treinta, que le hacían tan irresistiblemente interesante, y que le ayudaban a conservar esa miraba inocente abierta a todo lo que supiera a aprendizaje.

Era ésta una librería atípica. A la mujer dormida no le llamaba la atención por su aspecto de anticuario, la escalera de caracol que conducía a la sección infantil, el olor a tinta y a cera quemada, o la distribución anárquica de los activos del local; acudía a la llamada de sus libros por el hecho de llegar a ser testigo de historias reales. Cada uno de los ejemplares que se vendía allí dentro relataba vivencias de seres que habían decido traspasar el mundo de la ficción, quienes en su mayoría no eran más que ceniza en su presente. Cajones y baldas agujeradas por el paso de alguna que otra plaga de polillas, soportaban el peso de una amplia gama de experiencias de vida. Cuánto deseaba tener ella esa capacidad, hacerse narración, y así alinearse lo más cerca posible a un proyecto ideado en su juventud ilusoria, donde conseguía trazar sus historias en escenarios repletos de colores vivos y olores dulces.

La mujer dormida residía a las afueras de la ciudad, la librería no le quedaba cerca, pero desde el mes anterior trataba al menos un día a la semana visitarla tras su jornada de trabajo, retrasando una horita más el regreso a la vida que había formado. Lo asumía como su terapia anímica. Allí dentro se citaba con otras existencias, algunas parecidas, otras muy distintas a la suya; aunque todas le daban perspectiva. Últimamente conduciendo de vuelta a la casa se sonrojaba preguntándose por el ocultismo que mantenía de esta afición. No era éste un encuentro entre amantes, ¿de qué debería avergonzarse entonces? En los más de veinte años de matrimonio no había existido desliz alguno por su parte. Además, aún estaba enamorada de él, o esa quería creer. Solo buscaba un respiro, evadirse unos minutos de la realidad con la que convivía.

Había leído tantas historias impactantes desde el primer día que se introdujo en esta aventura, que no descartaba ningún manual por la apariencia de la cubierta. A todos les daba la oportunidad de llegar a ser protagonistas en esos ratitos de lectura que encontraba durante la semana. Su asiduidad a esta actividad literaria era compartida por otros rostros ya familiares en la tienda. ¿Les movería el mismo propósito que a ella? ¿Se habría convertido el local en una pequeña comunidad de almas inconformistas que buscaban refugio en el amplio abanico de las letras?

 Hoy debía regresar un poco antes, le había prometido a su hijo menor revisarle el cuento que iba a presentar en el concurso de creación literaria de la escuela. No disponía del tiempo para vagar de un pasillo a otro, de ahí que se propusiera experimentar. Evadiendo el sentido de la vista, estiró el brazo derecho hacia la balda más alta del estante posando el dedo índice de su mano sobre uno de los ejemplares. Miró al final del pasillo, y dando tres pasos leves al frente acariciando la robustez de los cantos, dejó que la textura dictara fortuna. La mujer dormida despertaba de su letargo semanal cuando su mente a través de su cuerpo se deslizaba por la pasta de las cubiertas de sueños cumplidos y relatos ajenos. Con la vista aún al frente sintió que la punta de su dedo había percibido una cierta calidez en el roce del último libro. Se detuvo, giró la cabeza y alzó la mirada al encuentro de esta nueva historia. Introduciendo la mano derecha hasta los nudillos entre los libros agarró el pequeño manual que había imantado la piel de sus yemas. Lo sacó de la estantería, y analizó con sorpresa. En su cubierta aparecía un gato estilizado, con variedad de tintes oscuros, azules y grises. Un fino ribete de tono pardo salía de la parte de detrás abrazándose a la cubierta frontal manteniendo el libro cerrado. Los motivos que adornaban la portada tenían otro relieve distinto al animal, causando una sensación complaciente cuando palpaba las texturas de los contornos de cada figura. Giró la muñeca y en la parte de detrás no aparecía reseña alguna. Se lo llevó a la nariz, confiando que su sentido del olfato le brindaría alguna que otra corazonada sobre la temática. En ese preciso instante un niño que correteaba persiguiendo al gatito del librero le sacudió accidentalmente el codo izquierdo y el libro cayó al suelo quedando abierto por la primera página. Desde arriba la mujer dormida no llegaba a entender letra alguna, pero no parecía ser un manual de imprenta, era una grafía manual con algún que otro tachón. Se agachó y permaneciendo en cuclillas con el cabello, que se había dejado crecer para sus cincuenta, caído sobre el hombro izquierdo, fue dejando que las hojas pasaran de derecha a izquierda leyendo palabras al azar, sin permitirse el tiempo de enlazar idea alguna. Conocía esa escritura. El empalme de algunas vocales entre consonante, la similitud en la grafía de la v y la r, la estrechez de los lazos de la l. Una grafía desprovista de carácter, poco fotogénica; claramente vagaba en la búsqueda de esa estética que le otorgara una personalidad definida. Cómo olvidar ese trazo. Ese trazo le había tocado el alma años atrás. Esa letra había retorcido cada una de las células invisibles de sus sentidos. Se incorporó y sintió como un aluvión de oxitocina bajaba de la cabeza a los pies al tiempo que ella se elevaba. La mujer dormida qué tantas veces se había negado el regalo de conocer verdaderamente su mundo interior parecía desencajada. Ruborizada por el imprevisto estallido emocional caminó con el libro en el pecho hacia el final del pasillo. Justo al lado de la máquina de café, el único tresillo de la tienda estaba libre para su sorpresa. Ya sentada, fue abrirlo de nuevo y un palpitar que creía oxidado apareció. Sintió una respiración igual de fresca que antaño. Qué placentero era escucharlo de nuevo. Aún guardaba la magia en su puño. El sabor de esos textos la rejuvenecía. Sus letras conocían los entresijos de su interioridad, esos que ni ella se atrevía a explorar por miedo a dejarse llevar por la emoción. Se hacía tan vulnerable la mujer dormida navegando en los escritos de aquel amor.

Con un sonar clásico el reloj de pared marcó las siete de la tarde, le había prometido a su hijo que a las siete y media estaría de regreso. En días de tráfico despejado no se demoraba más de veinte minutos en la vuelta, pero era hora punta. Se levantó con celeridad y cogió el bolso que había dejado sobre uno de los brazos del tresillo. Caminó apresurada hasta la puerta (ahora si retumbaba el taconeo en el suelo) con la cabeza hacia abajo y fingiendo una sonrisa al librero preguntó por el precio del primer libro que se disponía a comprar. Éste observó el manual y le comentó: “Es tuyo. Llevaba tiempo esperando a que lo encontraras”. Pasmada por un acento que un día le atrapó, la mujer dormida alzó su rostro congelado, y encontró unos ojos y una boca que el inflexible transcurso del tiempo había dado el beneplácito de mantener tan irresistibles como el último recuerdo que mantenía su memoria. “Disfrútalo, y no lo devuelvas. Será nuestro secreto”. Conmocionada, introdujo el libro en su bolso y secándose una lágrima que guardaba de tiempo atrás partió rumbo a su realidad presente.

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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