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El científico galáctico

El científico galáctico

Llevaba décadas trabajando en la búsqueda del gran invento con el anhelo de convertirse en uno de esos personajes que pasan a la historia de la humanidad tras una gran hazaña. Cansado de las banalidades que aparecían tras años de investigación en su laboratorio subterráneo, el científico galáctico decidió emprender su última exploración. Una aventura científica al mundo de los recuerdos. Seguro del prestigio que le otorgaría a su larga, pero mundana carrera, el descubrimiento de una pócima que posibilitara al humano la selección de sus recuerdos, se encerró día y noche en la solitaria, y a veces dolorosa, tarea de poner en palabras todos los recuerdos de su vida. Su idea era dar con el método que permitiera borrar de la mente para siempre los recuerdos no gratos, quedándose con aquellos que sustentaban la construcción de la felicidad humana.

 Se deshizo de todos los instrumentos, materiales y dispositivos extraños que apelotonados cubrían los espacios de un habitáculo repleto de sabiduría y ciencia, pero sombrío y falto de humanidad. En esta ocasión sería todo más sencillo. Olvidaría números, ecuaciones y fórmulas. Solo se quedó con un bloc de notas cubierto por escamas de cocodrilo, que su abuelo le regaló a la edad de 9 años tras regresar de la selva más remota e inhóspita dentro del manto de la tierra; y una pluma de tinta de calamar, que consiguió como tercer premio en una feria internacional de jóvenes investigadores pre-universitarios. Guardaba la pluma como oro en paño envuelta en camisetas de superhéroes de su infancia, con el profundo deseo de desempolvarla algún día en la firma de un gran contrato científico, contentando de este modo al ser que más quería. Se puso manos a la obra, sintiendo al comienzo un bombardeo ininterrumpido de imágenes que aparecían de manera alocada. Unas permanecían más tiempos que otras en la retina de su mente. Al no poder congelarlas, describía las más duraderas hasta que el recuerdo de lo vivido se esfumaba. Abrumado por el desorden de su memoria trazó un plan basado en la cronología de su existencia. Desde las aún presentes memorias infantiles, pasando por la espinosa adolescencia, la absorbente vida universitaria, que se propuso fuera de todo contacto humano, a su abandono social entre las paredes de aquel sótano. Sonreía recorriendo los días de su niñez, escribía con detalle los recuerdos que saltaban de aquellos años felices, donde la preocupación y la responsabilidad no llamaban a su puerta. La pluma de tinta de calamar corría con alborozo rememorando su infancia. Parecía estar recobrando una alegría interior que creía oxidaba. Pasaron los días y las memorias de infante se acercaban a su gris adolescencia. Los continuos rechazos de sus iguales le propulsaron a convertirse en un ser distante e introvertido, dejando su bienestar en manos de la ciencia; su única pasión. Nunca investigaba sentado, las banquitos de laboratorio que le cedió su único amigo de la universidad le rompían la espalda. El “húngaro”, como le conocían en los corrillos académicos, era su compañero inseparable en noches de hipótesis, ensayos, probetas y pipetas. Un tipo “freaky”, pero talentoso que alimentaba su ingenio cada vez que abría la boca. Se marchó sin despedirse. A los meses leyó en prensa que unos guardacostas lo habían encontrado varando en un barco de papelitos de charol en las cercanías del mar de Egea. Destacaba el artículo que el chico viajaba en búsqueda de la tumba de su gran ídolo, Aristóteles. La noticia le hizo sonreír, pero apenas derivaba alegría de los recuerdos de aquellos días. El científico galáctico sentía que a la vez que tiraba de memoria las huellas de su pasado se iban achicando. Los recuerdos se hacían más ligeros y diminutos. Le resultaba fatigador reencontrarse con imágenes de felicidad que relataran sus últimos años universitarios y menos aún todo lo vivido dentro del laboratorio subterráneo. Todos los recuerdos estaban enlazados de algún modo a su mundo científico, pero estos no generaban emoción alguna. Encontrar palabras que dieran sentido a los días dentro de que aquel universo que había creado le fue inviable; dejó la pluma de tinta de calamar sobre la mesa y detuvo el experimento.

Subió apresurado las escaleras que le conducían a la planta baja de una casa de campo en medio de la nada. Le costaba dejar su centro de trabajo, creyendo que todo minuto fuera del laboratorio le alejaría de dar con la quimera del gran invento. No era familiar el escenario. Quizás porque el lugar parecía deshabitado, o porque ningún recuerdo brotaba de aquel espacio. Se acercó a las fotografías que colgaban del muro entre la chimenea y la puerta que conducía a otra habitación. La imagen de una mujer de facciones finas, mirada vigorosa y con un semblante rebosante de vida le retuvo. Tristemente su rostro no le decía nada. ¿Quiénes eran esos dos seres cogidos de la mano en diferentes ciudades del mundo, que le miraban con los ojos como platos sorprendidos de verlo de nuevo allí arriba? Tras varios minutos en la sala de estar un olor pareció devolverle un recuerdo. Miró a la chimenea y en el manto de cenizas aún prendía una llama. Las pupilas se le dilataron, avivando el verde aceituna de sus ojos con el decadente ardor de un fuego que parecía ser cómplice de su último recuerdo emocional. Con su brazo izquierdo estirado y la mano sobre el saliente de la chimenea, cerró los ojos y apretó vigorosamente la sien, tratando de acelerar el riego sanguíneo cerebral.  Intentaba oxigenar las sinapsis neuronales de su memoria emocional. Con esfuerzo viajó en el tiempo y su mente le devolvió a aquella tarde de un febrero bisiesto. Al igual que hoy nevaba, pero había más luz en la sala. De su derecha emergía un llanto profundo y sincero que no conseguía ablandar la coraza de hojalata que recubría su corazón. Agarrando su mano derecha no era capaz de emitir palabra de consuelo alguna a un ser que solo pedía que la amara más que a los números y a la ciencia. Prisionero de una insensibilidad asfixiante, su aislamiento había generado un retroceso en la capacidad de sentir cualquier emoción derivaba del amor; el más puro de los experimentos.

No había ni terminado la primera fase y creía comprenderlo todo. Las lagunas emocionales del científico galáctico se habían expandido de manera exponencial en los últimos seis años, cuando decidió reducir el contacto humano a las horas de comida que compartía con la mujer que decía amar. Bien es sabido que la memoria es selectiva, decidiendo qué retener, y acorde al vacío memorístico que sufría, esta mujer no representaba nada en la historia de su vida. Aturdido por el tenso viaje a su recóndito pasado, abrió los ojos y haciéndose a la luz miró de nuevo las fotografías agrietadas por el descuido de un amor muerto. Si hubo una última oportunidad de haber hecho de su existencia una memoria plural, y no única, fue el día que decidió encerrarse en su micro cosmos científico, desterrando toda posibilidad de crear una vida más allá de la razón. Rehuyendo de sus limitaciones emocionales se desprendió de lo único que realmente le sujetaba a permanecer vivo. La experiencia de amar. Allí abajo desnaturalizó lo que aún quedaba de humano dentro de aquel cuerpo, mente y alma de inventor. Muertos sus recuerdos, cogió el bloc cubierto con escamas de cocodrilo, y con la pluma de tinta de calamar acentuó una última palabra. Así dio por finalizado otro infructuoso experimento para el bien de la ciencia.

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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