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Hacia ti me llevaste, y tú sin saberlo. Gracias Quindío

Hacia ti me llevaste, y tú sin saberlo. Gracias Quindío

Enardecido por un pasado reciente trato de convencerme que eres digna de ocupar tu espacio. Que tus virtudes de cauterio merecen convertirse en mis recuerdos, esos que pego detrás de las retinas, con notas de silicona para que aun abrumado por el peso de la memoria selectiva no decaigan esos días de vida que me regalaste por tu eje. Te palpé como un cuerpo desnudo y experimentado camino a explorar nuevas décadas. Te palpé en las aguas de aquel río de barcas de bambú, atrapado en orillas de bosque y conversaciones ilustres de gente llana. Te sentí en la nobleza del cutis fluvial del viejo gondolero Francisco Rodríguez, su discurso humilde serenaba la corriente en mi baño primaveral. Te sentí al saborear tu almuerzo campesino envuelto en hoja platanera; aún perdura ese sabor fiambre en mi paladar generoso. Te entendí en la vigorosa faena diaria de areneros fornidos y dorados por el sol andino. Te entendí anclado a los barrotes del jeep en mi viaje cafetero con sones bogotanos abiertos a regalar su humor y su cariño.

Te vi en el horizonte de aquella finca de sinfonía cariñosa y arquitectura armoniosa, perdido en el intelecto e inquietudes de la familia Peña. Te vi entra matas de café caturro agarrada a la savia del caracolí donde mi vida y tu alma por fin aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Te quise entre insomnios fructíferos salteados de orquestas de grillos y cacareos de copete. Al despertar te quise meter en aquella valija de viajes locos y recuerdos frescos, con la idea de enseñarte al mundo. Te quise en el olor de tus cítricos en ayunas, de la mano de la sonrisa leal de Don Gilberto Bravo, mestizando el sabor de su jugo con el sazón de plátanos de huerta asados en candelas de madera bajo la batuta de Doña Rosalda. Te quise en la belleza irrepetible de aquella familia que sentí tuya y mía, en la evolución de su tradición y patrimonio hacia un modo de existencia más acorde con el bien de todos y de la tierra. Te olí en el perfume de aquel café que un día fue bonanza, en los azahares tropicales de un vivero frutal, agarrando platanillas coloridas que desafiaban como picos de tucán. Te olí en la brisa que estimulaba el movimiento de nubes de algodón decorando el infinito horizonte celeste. Te olí y te añoraba. Te añoré fatigado en el zigzagueo de lomas de alquitrán tematizadas por un arcoíris de verdes en plenitud. Te añoré en aquella fábrica de paisajes que susurraba un sentimiento de nostalgia anticipada.

Te recordé abrumado por un silencio absoluto al descender de aquella buseta, torciéndome como buen girasol alcoreño ante el escenario de sonidos provechosos. Te recordé en el marco de aquella tienda de materia viva y espíritu pulcro, unas primeras palabras que guiaban al buen vivir; entre productos regalo de la madre tierra, animalitos lindos y apego a lo humano. Te leí entre luces dormidas cuando seguramente tú soñabas con un domingo de mar de la mano del Gabo en la plenitud de su poesía. Te leí lentamente como cuando leo las pieles de mujeres inabordables con cuerpos elásticos solo a la altura de los sueños. Te busqué en un bar con firmas del recuerdo entre estrellas y estrellados, me propuse conocer a Toba y su peculiar Diógenes artística. En mi exploración social puse mi atención en la reina hojalata del café, ochenta años preservando la tradición de tintos calentitos, obviando la evolución apetitosa de los tiempos. Te busqué en el amor de memorias ilustradas convencidas de un resurgir idiosincrásico, nuevos amigos que entierran la lacra pesimista del conformismo con brochazos coloridos y sonrisas de cambio. Te escuché en la paz de Bellavista, allá arriba escuché la fusión de nuestras voces. Cantábamos cantinelas de un tal Camilo de apellido Sesto, que de tanto ser antiguas han vuelto a ponerse de moda. Te escuché apreciando tu pasión insaciable por el canto bajo aquella lluvia tenaz, y compartimos la compañía de nuestros miedos. Te necesité vestido de pintor social, no fue el arte de la pintura quien llamó a mi puerta, tuve necesidad de dar y fundirme, fundirme y adentrarme en tu país de pechos. Te necesité sentado frente a los relatos quijotescos de Don Vidal Peña, necesitaba que escucharas a esa criatura radiante de resiliencia, para que cogieras aire por si al mundo le daba por vaciar tus sueños. Te necesité cuando centenares de pájaros tropicales levantaban el telón del alba, revoloteaba mi mirada colona en la virginidad de tu flora, y pensé anidar mi impulso emocional en el remanso de esta tierra bendita. Te nombré entre dientes en mi último paseo rodeado de construcciones de bahareque, lo hice bien bajito evitando violar la ternura del murmullo de la citta slow.

Te visualicé en la colina de los indios Quimbaya, me hablaron de tesoros regalados a dinastías sanguinarias, de centenas de quebradas suministradoras de vida, de sendas de conquistadores provenientes de Bogotá, de arrieros y chapoleras con sonrisa tostada, de fincas y reservas de micos y mariposas de seda, de manos artesanas con tintes a bejuco, de falsos balcones chillones, pero a esa altura de la historia solo exploraba para entender el horizonte donde un día fuiste niña y construiste los andamios de tu ser. Sin tu saberlo me fui sin avisar, y con tristeza te despedí en aquella terminal de voces dispersas y esperas convencionales. Te despedí sin darme el gusto de esa mirada, que tú y yo ideamos, alimentando mi decadente utopía. Te despedí convencido de haberte conocido a mi modo, siempre fiel a mis amores de piñata, esos que no encuentran resquicio alguno de imperfección en la realidad viajera. Ahora eres mi recuerdo, y aunque soñara con estirar al infinito lo que ayer compartimos, desde esta irremediable lejanía que nos propusimos me quedo con el almíbar de nuestros días juntos. Gracias Quindío. Ya eres parte de mí.

Mi sincero agradecimiento a:

Balsaje Los Ríos

Finca Horizonte

Fundación Pijao Cittaslow

Hotel La Pequeña casa

Colegurre Tour

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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