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Mi amigo Frederick

Mi amigo Frederick

La entrada de blog que hoy comparto es fruto de un 6 de enero de un 2000 al que no recuerdo poner número. Me acerqué a Sevilla a conocer la realidad que viven otros un día de Reyes. Esta gente alegre, de sonrisa contagiosa que gastan sus horas en días de lluvia, frío y calor sofocante. Seguro que los conoces, y más de una vez te han hecho sonreír. Compartiendo un zumo de melocotón, uno de los tantos Nigerianos que residen en nuestra ciudad me regaló parte de los años de su infancia. Su sufrimiento y las emociones que encontré en aquel bar dieron paso a explotar el recurso de la ficción, conduciendo mi deseo de hacer ver a mis alumnos las realidades tan duras y diversas a las que se enfrentan tantos y tantos humanos.

Siendo ésta una narración sencilla, os propongo recorrerla con ojos de niño, esos que pese al transcurso de los años debemos seguir alimentando. Os invito también a que compartáis este relato con hijos, sobrinos, nietos. Son sus mentes más puras y maleables las que sacarán el mayor partido a la historia de Frederick.

Frederick es un chico de 9 años que vive a las afueras de su ciudad. Vive con sus padres y su hermano en una pequeña chabola. A diferencia de otros niños de su misma edad, Frederick se despierta cada día a las 7 en punto de la mañana, no para ir al colegio, sino a buscar agua para su familia. Su madre le prepara dos cántaras oxidadas de hojalata que él tiene que llenar en un pozo situado a 10 kilómetros de su humilde casa. Como el viaje es largo y duro, su madre le prepara cada noche antes de irse a la cama una bolsa con un sándwich de mantequilla y una fruta para que tenga la fuerza suficiente para regresar con las cántaras llenas. A Frederick no es que le guste tener que caminar durante más de seis horas para buscar agua a su familia, pero sabe que es su obligación. Su padre empieza todos los días a trabajar muy, muy temprano, y no regresa a casa hasta que el sol se pierde en el horizonte. Su madre tiene que quedarse en casa para cuidar de su hermano de dos años, por lo que él es el único que puede llevar a cabo esta labor tan urgente.

En su camino de vuelta a casa suele encontrarse con otros niños que salen de un edifico de ladrillos pardos. Él siempre se detiene varios segundos preguntándose qué hacen esos chicos allí, e intenta descifrar que dice el cartel que hay encima de la puerta principal. Todo el mundo está en movimiento y parecen tan felices. Frederick vuelve a casa molido y hambriento. La única cosa que tiene en mente es estirarse en su hamaca y comer. No hay una vista preciosa desde la habitación que comparte con toda la familia; mira a través de la ventana y una enorme pared de ladrillos es su último recuerdo antes de caer dormido.

Al otro lado del muro dos niños juegan cada tarde. Frederick piensa que son hermanos. Juegan al fútbol, al escondite y a todo tipo de juegos de agua. El cree que viven en una casa enorme con una piscina en el patio frontal. Una piscina repleta de agua. Él daría su bolsa de desayuno solo por ver esa piscina.

Una tarde cuando Frederick volvía de su fatigadora tarea diaria encontró a la entrada de su casa un balón de baloncesto. No lo podía creer, él nunca había tenido tan cerca una pelota tan buena. Su familia no podía permitirse comprarle un regalo como ese con el poco dinero que tenían. Frederick pronto imaginó que la pelota era de los chicos del chalet de al lado. Dejó las cántaras oxidadas justo al lado de la puerta de su casa y se dirigió a la mansión desconocida sin pedir permiso alguno a su madre. Nunca había tenido la oportunidad de tomar decisiones por él mismo. A parte de recoger agua cada día, Frederick tenía que ayudar a su madre en las tareas de la casa y trabajar con su padre en la tarde. Solo podía jugar con su hermano pequeño los domingos, cuando sus padres iban al mercado local a comprar la comida de la semana. Estaba harto de estas responsabilidades. Se sentía como un pájaro encerrado. Necesitaba vivir algo nuevo, así que no dudó en tocar el timbre de la casa de sus vecinos. Frederick no podía creerlo, iba a conocer otras personas a parte de su familia. Mientras permanecía a la espera soñaba con pegarse un chapuzón en la piscina.

– Hola, soy Frederick. Creo que esta pelota es vuestra, estaba en mi casa– dijo con voz temblorosa.

– Muchas gracias por traerla. Estábamos jugando y mi hermano de un disparo la tiró por encima del muro. ¿Te gustaría unirte a nosotros? Estamos jugando al baloncesto en la piscina.

A pesar de no conocer a estos chicos Frederick no dudó en entrar a la casa. Al fin iba a ver una piscina. Por fin iba a disfrutar de un baño de agua fresca, por fin tener agua a sus espaldas no iba a suponer un esfuerzo sino un alivio. Por su parte, los dos hermanos se habían acostumbrado a invitar a jugar a su casa a los nuevos amigos que conocían. Sabían que eran unos afortunados por tener una piscina y una habitación llena de juguetes, pero realmente cuando disfrutaban de todas estas cosas era cuando lo compartían con sus amigos.

Bueno Frederick, qué bueno conocerte- dijo uno de los chicos chapoteando en el agua.

Sí. Sinceramente tenía muchas ganas de saber quiénes eran los chicos que estaban al otro lado del muro-contestó mientras se quitaba con rapidez la camiseta despintada que vestía.

La verdad es que muy extraño que no nos hayamos visto antes. ¿Tú no vas al colegio, Frederick? Es que nunca te he visto por allí.

                 – ¿El colegio? ¿Qué es eso?- Preguntó tímidamente

            – ¿Qué? No sabes lo que es un colegio. ¿Cómo aprendiste a leer y a escribir entonces?- preguntó uno de los hermanos asombrado por las preguntas de su nuevo amigo.

Nunca he conocido uno. No sé cómo son, ni qué hace la gente allí. Nadie me enseñó ni a leer ni a escribir. Mi familia nunca me habló de que hubiese un lugar llamado colegio donde los niños aprenden. Además, paso la mayor parte de mi día caminado para ayudar a mi familia- respondió Frederick mientras introducía su pie izquierdo en el agua cristalina.

          – ¿Y cuál es esa tarea tan importante que no te permite ir a la escuela?- preguntó con curiosidad uno de ellos.

–  Cada mañana tengo que levantarme a buscar agua.

             –¡Agua¡- gritó con risa uno de los dos hermanos.

Solo tienes que abrir los grifos y en un abrir y cerrar de ojos ahí la tienes- añadió el                  hermano más pequeño convencido de la normalidad de la acción.

Es que yo no tengo grifos en casa. Por esa razón, tengo que despertarme muy temprano, cargar dos cántaras de hojalata e ir a un pozo que está a unos diez kilómetros de casa. Regreso a eso de las tres de la tarde, por eso no puedo ir al colegio- explicó Frederick a la vez que bajaba por las   escaleritas de la piscina sintiendo la frescura del agua.

Ambos chicos se quedaron sin habla, con la boca abierta. Nunca habían escuchado que una casa no tuviera grifos. Grifos para beber, grifos para ducharse, grifos para regar el césped… Esto era algo nuevo para ellos. Además, nunca habían imaginado que un niño no pudiera ir al colegio porque tuviera que ir en busca de agua para su familia. Qué triste infancia, pensaron los dos. Que tu familia te robe el derecho de aprender, estudiar y conocer otros niños. Tenían que hacer algo para ayudar a Frederick. No podían pasar por alto que su nuevo amigo tuviera que caminar cada día durante más de seis horas, y que no pudiera ir al colegio.

– Frederick, ¿te gustaría ir a nuestro colegio algún día?- preguntó el hermano mayor secándose bajo la sombra de un limonero.

– Pues claro, me encantaría. No conozco ninguno.

El chico, que estaba fuera secándose, sintió una profunda pena al escuchar lo que decía su nuevo amigo. Tenían que ayudarle, y teniendo la suerte de la familia que tenían, no iba a ser un gran problema echar una mano a Frederick. La solución era encontrar agua, y eso era algo sencillo de conseguir en su casa: su chalet estaba lleno de grifos. Grifos que llenarían las cántaras de Frederick, grifos que darían el agua necesaria para que Frederick no tuviese que ir cada mañana al pozo y pudiese asistir al colegio, grifos que harían feliz a Frederick y a su familia.

Agradecido del apoyo de estos chicos, Frederick volvió a su casa y le contó a su familia la posibilidad de conseguir agua de la casa de los vecinos. Aunque los padres tenían sus dudas, le permitieron ir a la escuela en la mañana, siempre que en la tarde ayudara en el puesto de comida que tenían en el mercado. Los hermanos compartieron su historia con familiares y amigos, y pronto otras historias similares a la de Frederick comenzaron a conocerse. Su buena acción fue el trampolín para cambiar la situación de muchos de los niños que vivían bajo las mismas circunstancias que su nuevo amigo.

En cuanto a Frederick, afortunadamente consiguió conocer la escuela y todas las posibilidades de aprender que se había perdido tras tantos años de caminatas. Sus padres cambiaron de parecer y él tuvo la oportunidad de vivir una nueva y bien merecida infancia.

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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