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Frijolada en casa de Doña Inés

Hay ojos que cuando miras, y rastreas con pausa, se convierten en espejos de conocimiento. Los suyos relevan esa luz clara que ni biografías centenarias atiborradas de anécdotas llegan a erizar las emociones más íntimas. Embobado en su discurso atiendo a la clase magistral de preparación de una “frijolada”. “Pon en agua los frijoles un día antes. Hierve una zanahoria, unos cuantos plátanos y los frijoles ya blanditos del día anterior. Saca la zanahoria, la licuas y vuelves a meter”. Tiene 90 años, semblante alegre, la blancura de su cabello corto recogido resalta los tonos tostados de un cutis agradecido por los años. Nariz alargada que ensancha cuando esboza una sonrisa desdentada rebosante de cariño. Viste fresca, con camisa de botones y falda por debajo de las rodillas. Se mantiene activa arrastrando su andador por los rincones de su finca.

Fatigada se sienta y dialoga con lucidez, no tiene pelos en la lengua cuando defiende sus ideales. Vigila desde el umbral de la puerta de la cocina los movimientos y acciones de varias de sus hijas, atrás quedaron esas tareas. Se llama Doña Inés Vanegas, un espíritu repleto de desparpajo. Como tantos festivos o fines de semana abre las puertas de su finca a hijos, yernos, nietos, sobrinos y amigos. En el término municipal de Girardota, a pies de la carretera que une este pueblito al norte del Valle de Aburrá con la localidad de Barbosa, vive Doña Inés con una de sus nietas y la hija de ésta. Hoy es uno de los muchos lunes festivos de los que disfruta Colombia, y al igual que en España abundan las reuniones familiares. Está Doña Inés risueña, imagino la marea de dopamina que navega en su sentir al verse tan rodeada y querida. Entre palos de mango, aguacate y naranjos merodean en libertad pollos y gallinas; me cuenta que las piernas ya no le dan para alimentar a los animalitos. Años atrás tenía una pequeña tienda y sacaba unos pesos más para el mantenimiento familiar. Aún despacha algunas bebidas, pero es su nieta Natalia quien vende exquisitas arepas rellenas de papa con bastante éxito; al menos hoy se agotaron.

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Durante la Colonia hasta el siglo XIX los suelos de Girardota fueron utilizados para la agricultura y la ganadería y para inicios del siglo XX, más de la tercera parte de la población económicamente activa del municipio se dedicaba a la industria agrícola cultivando caña de azúcar, maíz, plátano, yuca y café. Desde épocas coloniales los trapiches, como industria artesanal, marcaron definitivamente las pautas de las actividades económicas del municipio. Para 1916 existían en Girardota 18 trapiches.  La incursión del sector agrícola se debió a la ampliación de los mercados de Medellín y de otras localidades del Valle de Aburrá, que iniciaron su tránsito hacia la industrialización, la cual comenzó a presentarse cuando las empresas ENKA y MANCESA se instalaron en la localidad. En la actualidad, Girardota cuenta con una fuerte flota empresarial de productos químicos, neumáticos, pigmentos, textiles. Aunque el primer renglón económico de Girardota es su industria, el municipio conserva su tradición panelera y muestra de ello son los treinta y cinco trapiches que funcionan, en trece veredas de la localidad.

Uno de esos trapiches era propiedad del esposo de Doña Inés, hoy explotado por Lázaro, uno de sus onces hijos, quien comenta que mañana es día de molido, y amablemente me invita a que conozca el proceso. Los trapiches están conformados por una serie de molinos que prensan la caña de azúcar previamente desmenuzada y extraen su jugo. Para producir la panela, el jugo de caña es cocido a altas temperaturas hasta formar un azúcar bastante denso, luego se pasa a unos moldes donde se deja secar hasta que se solidifica. A parte de sacarle fruto a sus campos de caña, Lázaro explota el trapiche para dar servicio a otros agricultores.

Después de un delicioso jugo de mango y un murrapo de bienvenida es hora de almuerzo. Comienzan a sacar ollas y bandejas varias de las señoras que andan por la cocina desde hace buen rato. No han parado desde que llegué. Me recuerdan a mis tías en las “juntiñas” familiares, poniendo el mayor de los cariños en todo el proceso culinario. Agarro uno de los cuencos de cerámica que hay sobre la mesa y sigo las directrices de una de las hijas de Doña Inés. “Coge ese que tiene más frijoles. Ponte arroz, ensalada, patacón, maduro, no olvides el chicharrón, y el chorizo, y toma este poquito de aguacate. Ahora viene mi hermana con un huevo para ponerlo encima.” Me siento como en casa, no saben qué ofrecerme. Me veo reflejado en muchos de los comportamientos presentes. Me agrada su atención y el trato tan cercano. A mi espalda se sostiene una pared de verdes intensos con casitas esparcidas a orillas de veredas y campos de caña que empequeñecen al alargar la vista ladera arriba. Como uno de los platos más representativos de los paisas, su bandeja, pero principalmente saboreo la historia de esta familia. Las horas con ellos superan la barrera de lo gastronómico, conduciendo mi experiencia a la tradición. A la continuidad de unos patrones que heredan de generación en generación.

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Se deja ver poco varón en la reunión. Las mujeres son las auténticas protagonistas, a pesar de la cercanía de Don Julio Lora, costeño afincado hace más de treinta años en la Antioquia, que nos brinda conversación y excelentes tragos de Whisky Bucanero. Una joya dice él. Lo bebemos a palo seco en pequeños chupitos. Son ellas quienes preparan, cocinan, atienden y alegran con su pegadizo encanto paisa. Tremendo y honorable el papel de la mujer en el pueblo colombiano. Me golpean sus historias, y valoro su capacidad de agarrarse a la vida. Son ya muchos los relatos de madres luchadoras que alcanzan mis días; me pregunto de qué están hechas estas guerreras para soportar tanta carga. Son más fuertes que yo. Son guerreras.

 

 

 

 

Guerrera latina

Talismán de vida.

Eres grande y victoriosa.

Siendo tu primer nombre Eva

pronto mostraste tu espíritu de guerrera.

Soportas el yugo de la humillación

aunque te aseguro que no hay canción

que desprecie tal espíritu de rebelión

en tu confuso océano de opresión.

Sembradora humilde y silenciosa

la tempestad de la injustica

no nubla tus amaneceres de creadora.

Empedernida luchadora

pronuncian la fusión de tus sentidos

cuando en tu corazón permanece metido

la llama del amor incomprendido.

No eres pieza de museo.

Ni moneda de colección.

Escucha mi susurro:

Eres alma en tu voz.

Mueves tus alas y construyes sueños

desgastando la palabra empeño

cuando consigues eludir la espinosa realidad

en la que sobrevive tu dulce identidad.

Estrella que brilla

en junglas de inequidad,

te admiro y respeto.

A ti hoy, te regalo mi verso

para que resistas como lucero

alumbrando mis páramos del cielo.

Doña Inés, con 90 años sobre sus delicadas piernas, una guerrera latina que tras la gran faena de criar once hijos tiene bien claro que: “El tiempo corre y no vuelve”. Algunos de los presentes sonríen ante su consejo. Quizás porque la inversión de la mayor parte de nuestro tiempo es para nuestro mero desarrollo personal y satisfacción. A pesar de ser un lema clásico y desgastado por sabios, viejos, inconformistas y vividores, no es sencillo apoderarse del concepto y hacerlo acción cada día. Miro con afecto sus ojos achinados, esos que si rastreas con pausa se convierten en espejos de conocimiento. Los suyos relevan esa luz clara que ni biografías centenarias atiborradas de anécdotas llegan a erizar las emociones más íntimas. Tal vez hoy, no quiero que corra el tiempo.

 

About The Author

Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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