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La mestiza y el alfarero de Triana

La mestiza y el alfarero de Triana

Amanecía con la recóndita esperanza de embarcarse en un sueño. Cada mañana le restaba treinta minutos a la cama para recordarla, antes de encerrarse en las labores del taller de alfarería que regentaba su padre. A diferencia de otros hijos únicos disfrutó de una infancia carente de juegos y aventuras. Desde edad bien temprana por imposición paternal acudía al río que le vio nacer en busca de la materia prima para el negocio familiar. Desde el callejón Requena a dos casas de la calle Alfarería partía, medio deambulado, conduciendo una carretilla roñosa de sedimentos del Guadalquivir que habían descolorido la superficie rojiza de la primera capa por el descuido de los años. A punto de alcanzar la treintena la fatiga de esta rutina mañanera se dejaba notar en su recorrido por la calle Alfarería, dirección San Jacinto. Ya rara vez se detenía a observar cómo brotaban los geranios de los balcones de la casa de esquina con la calle Antillano Campos. Una fachada con zócalo italiano que transmitía la alegría de Triana, esa que había perdido su hogar cuando las flores, el color y el olor, quedaron enterradas con la muerte de su madre dos décadas atrás. Giraba con la cabeza gacha en dirección Castilla sin percibir el olor a churro recién hecho que emanaba de la tiendecita de Doña Carmen, número 7 de la Calle Callao, a cincuenta metros de la boca del callejón de la Inquisición. Le debía muchos de los recuerdos de su infancia a la churrería de Doña Carmen, amiga de Doña Paula, su difunta madre. El pasadizo hereje también había perdido encanto para sus ojos después de su marcha. Con la desgana acumulada por la mecanización de sus días conducía la carreta callejón abajo. No había perdido la costumbre de frenarse en seco y mirar al otro lado del río, topándose con las entrañas del puente de Barcas que ocultaba parte de la majestuosa Giralda. La mayoría de barqueros llevaban horas faenando, dando servicio de traslado a sevillanos y trianeros. En esos días multitud de obreros trabajaban en el traslado del puente al Muelle de la Sal. Finalmente el proyecto de nueva construcción había dejado de ser habladuría, y tras meses de reuniones y juntas parecía que el puente de Barcas tenía los días contados. El verde de las aguas del Guadalquivir irradiaba un espíritu gris y resignado. Le debía tanto al río. Aún rememoraba los paseos de domingo camino a Sevilla acompañando a su abuelo en la venta de cerámica. Al terminar la jornada, de vuelta a Triana, le relataba historias de conquistadores, indios, tesoros, y de cómo Sevilla llegó a convertirse en una referencia económica y cultural para el mundo. La puerta que nos unía a las Indias.

A espaldas de la parroquia de la Señora de la Oz otros peones de alfarería cargaban sus respectivas carretillas con el barro que se acumulaba a las orillas. Corría una primavera calurosa y seca, la lluvia parecía en huelga, y la disputa por hacerse con la arcilla más pura de la mañana era evidente. Tras tantos años de carga tenía sellado un dolor perpetuo en las muñecas, los adoquines de Triana zamarreaban la rueda de su carreta teniendo que exigirse físicamente para mantener el equilibrio de vuelta al taller. Al menos este esfuerzo diario derivó en la formación de unos brazos vigorosos. Aunque, a pesar de un cuerpo bien proporcionado y unos rasgos faciales varoniles bien pronunciados, que jugaban con el verde Guadalquivir de sus ojos -así como otros atributos bien destacados por las solteras del barrio- no se le conocía mujer oficial a nuestro personaje. Entre las comidillas y chismorreos de vecinas y pretendientes corría la noticia que andaba enamorado de una mestiza. Ésta marchó a su tierra cuando el frío alcanzó Sevilla, despojándole y arrebatándole su armonía. Desde el puente de Barcas en la ribera de la calle Betis le prometió que ese barco rumbo al ya descolonizado Nuevo Continente nunca volvería; solo en Cartagena de Indias podría encontrar lo que anhelaba. En tardes de conversación entre Altozano y Santa Ana la mestiza le dibujaba en prosa las calles empedradas de la perla de América; sus casas coloniales, sus balcones aflorados, el azul del mar que abandonaba su espacio para correr por callejuelas hasta expandirse por los rincones de plazoletas en vida. El color y el sabor de palanqueras sirviendo toda gama de frutas y frescos salpicones a cada vuelta de la esquina. El olor al frito de arepas huevo y carimañolas en la noches estrelladas de San Diego y Parque Bolívar. Su descripción le recordaba a la luz de Triana.

Desde su marcha pasaba los días encerrado en el taller de cerámica, aquel que un día gobernó su abuelo, y que él estaba destinado a seguir explotando; siendo el paseo matutino el único momento de verlo en sociedad. Cuando regresaba con el cargamento su padre le miraba con desafío, cuestionándole la demora en una tarea que no requería más de veinte minutos a su parecer. Era éste un hombre tosco, frío, incomprensivo; muy diferente a su cercana y cándida madre. No había tenido más remedio que aprender a convivir con él, haciendo caso omiso a los desprecios continuos de un progenitor que lo que realmente reflejaba era soledad y vacío. Sentado en el mismo banquito de acero que usaba su abuelo, bruñía las primeras vasijas que se habían amoldado en la mañana; con un taco de madera rectangular algo más pequeño que la palma de su mano cubría cada orificio, alisando las ligeras protuberancias. Alternaban sus funciones dentro del taller. La idea era que cada descendiente dominara cada uno de los procesos de la alfarería, postergando la tradición alfarera de generación en generación. Hoy después del bruñido le tocaba moldear, la fase más técnica y de mayor concentración. Tras depurar la arcilla del río, su padre la amasaba con un poco de agua y le dejaba el barro listo para desarrollar un oficio, que solo la sensibilidad de unas manos educadas en el respeto de este arte eran capaces de dar vida a una masa de materia inerte. A ojo, pero con una asombrosa precisión matemática, calculaba la arcilla necesaria para el siguiente pedido. Encima de una plataforma de metal de pequeñas dimensiones colocaba el barro. Se descalzaba y con la dureza de la planta de su pie derecho accionaba una rueda de madera a diez centímetros del suelo. Le daba impulso, y ésta giraba como una articulación engrasada sobre un perno al que iba unido la base circular que soportaba la inminente creación. Era en esta operación donde se apreciaba el cariño de nuestro personaje a una tradición romana y árabe poco transfigurada con el paso de los siglos. Trataba con delicadeza el material en un abrazo artístico del que resultaban verdaderas obras de arte. Era tal el dominio de la técnica que cuando su padre andaba entretenido en la decoración de las piezas, valiéndose únicamente de sus manos y de un par de pequeñas herramientas, dejaba caer los párpados y con la sutileza con que unas manos emprenden el roce de un cuerpo tibio, acariciaba la materia húmeda. En la leve fricción de sus dedos sobre el barro sentía a la mestiza. Las yemas de sus dedos no parecían perder sensibilidad ante la humedad del proceso. El riego sanguíneo se precipitaba, calentando cada célula de su piel y transmitiendo ese ardor a la figura. En su deseo imaginario creía moldearla. Sentir de nuevo sus ondulaciones, sus rincones, sus resaltos. La mestiza no era ya su presente, ni tristemente su futuro, pero su memoria aún guardaba los límites corpóreos de su desnudez. Varios días antes de una marcha ya anunciada, en la azotea del número cuatro del callejón Requena fotografió su tronco tostado después de hacerle el amor. Mientras dormía memorizó la perfección de sus prominentes clavículas, pasando por la pureza de la dermis de su torso, empalmando la celestial alianza de su pubis con las extremidades inferiores, y moldeó su espalda sin tocarla, grabando la única mancha de cuna que hospedaba su piel. De su rostro guardó los pliegues de unos labios secos que aquel verano no cesó de hidratar a los pies del río. También un lunar. Ese que ocultaba en el surco izquierdo de su sonrisa cuando la sacaba a pasear a Sevilla y se reía de ella misma perdida en los laberintos de Santa Cruz. Se prometió sentirla en cada pieza. Utilizar la biblioteca fotográfica de aquella última noche para acariciar la arcilla y tapar cada poro como la última vez que palpó su figura. En aquel encuentro en la azotea de la calle Requena la mestiza le arrebató el núcleo de su sentir, consumiendo sus virtudes románticas. Despojando al noble alfarero de esa luz que solo el sueño de Cartagena podía devolverle.

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Creo que empecé a escribir para sentirme más vivo. Para sentir sin coladores las historias que penetran, que dan alas o que hacen pupa; ponerlas en letras ante la pena de su irreversible devenir en vagos recuerdos. Con la idea de no olvidarlas creé este blog, para compartirlas y conseguir que permanezcan vivas. Así que anímate y dalas a conocer comentándolas, evaluándolas y publicándolas en cualquiera de las redes sociales que manejas. Es sencillo lo tienes ahí arriba a un solo click.

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  1. Hola

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¡Qué bueno que andes por aquí! Mira, te cuento. Si cuentas con cinco minutos y andas buscando un rincón diferente, un espacio donde refugiarte después del trasiego del día, te invito a conocer mis relatos, poemas, viajes y reflexiones. ¿Y por qué seguir a un docente de lengua inglesa que superada la treintena le da por escribir? Pues por el simple hecho de volvernos más humanos, de sentir las palabras como medio para encontrarnos con nosotros mismos, de entender de manera más justa al prójimo, y en la más remota de las posibilidades para sanarte, como lo hace la escritura conmigo.

Os invito a embarcar en este velero incierto que hoy parte rumbo a un mar de letras, y que deseo no se canse de navegar.

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